Matt
supuso que debía sentirse aliviado por descubrir que Alice no era la mala, que
los instintos de Lisa no la habían fallado al confiar en ella, pero descubrir
que era Spence el único responsable de toda esa pesadilla hacía que se le
revolviera el estómago.
O
mejor dicho, se le revolviera más todavía.
Alice
se quitó la chaqueta. Matt recordó que era la chaqueta de Spence, que se la
había dado fuera de ese mismo laboratorio para mantenerla caliente.
Se
dirigió a la puerta y trató de tirar de la manilla, por si se abría. No
funcionó.
—Tu
novio es un auténtico cabronazo —murmuró Rain.
—Ha
desconectado el mecanismo de apertura. —Matt dejó la puerta y se giró hacia las
dos mujeres—. No puedo creer que ese hijo de la gran puta vaya a salir de aquí
con eso.
—No
lo creo.
Los
tres se giraron a mirar el monitor que se acababa de iluminar con el logo de
Umbrella. Un altavoz junto al monitor sonaba con la infantil voz de la Reina
Roja.
—He
sido una chica muy mala.
Matt
observó cómo el monitor mostraba una imagen de Spence que corría por las
escaleras hacia la estación de tren.
La
imagen cambió a la de una cámara de seguridad situada justo en el tren, que
seguía justo donde lo habían dejado varías vidas atrás, Spence llegó al tren,
abrió la puerta exterior del mismo compartimento sobre el que J.D. lo había
encontrado. Sacó el macuto, lo abrió, retiró un brillante maletín metálico con
cuatro círculos en las esquinas y un panel de seguridad.
Tecleó
un código en el panel, los cuatro círculos se giraron, y la parte superior del
maletín se abrió.
Una
sonrisa de alivio marcó la cara de Spence. Matt deseó poder sentir lo mismo que
él. Esa era la maleta que Alice había planeado robar y entregar a Lisa, y que
Lisa pretendía entregarle a él.
El
Virus-T.
El
medio con el que Matt, Aarón y el resto de ellos podrían haber desenmascarado,
al fin, a Umbrella.
Matt
hizo rechinar los dientes. ¡Tenía que salir de allí como fuera y conseguir el
puto maletín!
Spence
se ató una tira de tela alrededor del bíceps, se golpeó el brazo para encontrar
la vena, y preparó la pistola hipodérmica para una inyección.
Sin
embargo, antes de terminar, se detuvo y miró hacia arriba. Parecía que hubiera
escuchado algo.
Entonces
alguna... cosa cayó del techo y se comió a Spence vivo.
Matt
tenía una vivida imaginación, alimentada por la lectura de demasiados cómics
cuando era crío, por no mencionar los malignos y depravados actos que había
visto mientras trabajaba como agente federal.
Pero
aquello... eso estaba tan más allá de lo imaginable que bien podía estar en
otro hemisferio. Era el más salvaje de sus sueños. No podía imaginar nada tan
repugnante como aquello.
Fuera
lo que fuese esa cosa, parecía un cruce entre un rinoceronte y un humano. La
piel era coriácea y tenía placas, y le surgían cuernos de varios puntos. Tenía
los pulgares opuestos como un humano, pero de sus dedos y pies surgían garras
gigantescas.
Tenía
una lengua tan larga como la de una serpiente, y más dientes que una piraña.
Esos
dientes masticaban a Spence en ese mismo instante.
Entonces
se giró hacia la cámara.
Fuera
lo que fuese esa cosa, no tenía ojos.
La
determinación anterior de Matt de acabar con Umbrella no era más que una vela
votiva comparada con el infierno que era en esos momentos. De ninguna manera
permitiría que esa compañía siguiera existiendo.
Finalmente
logró articular algunas palabras.
—
¿Qué... mierda... era eso?
—Uno
de los primeros experimentos de la Colmena, producido al inyectar el Virus-T
directamente en tejido vivo. Los resultados fueron inestables. Lo mantenían en
éxtasis hasta que interrumpisteis el flujo de energía a su unidad de
almacenamiento. Ahora se ha alimentado de A D N fresco, por lo que mutará, se
volverá más fuerte, un cazador más rápido.
Mientras
la Reina Roja hablaba, Matt observó cómo la carne sin ojos de la criatura, si
es que podía llamarse carne, temblaba y se expandía. La cabeza se alteró y se
volvió más angular. Las garras crecieron, y el torso se alargó.
—Magnífico
—murmuró Rain.
—Si
sabías que eso andaba suelto, ¿Por qué no nos avisaste? —Le preguntó Matt al
ordenador.
Alice,
sin embargo, fue la que respondió.
—Porque
ella lo reservaba para nosotros, ¿No es cierto?
El
ordenador habló de forma desapasionada.
—No
creía que ninguno de vosotros llegaría tan lejos, no sin resultar afectado.
Rain
giró su cabeza empapada en sudor y miró al monitor.
—
¿Por qué no nos hablaste del antídoto?
—Tanto
tiempo después de la infección no hay garantía alguna de que funcione.
—Pero
hay alguna posibilidad, ¿No?
—Yo
no trabajo con posibilidades.
Matt
miró por la habitación. Vio la otra puerta, la que tenía el panel numérico.
Qué
demonios.
Se
dirigió a la puerta y empezó a introducir números de forma aleatoria. En esos
momentos no tenía nada que perder.
Rain
se levantó, cogió el hacha antincendios, y observó la ventana.
—Jódete.
Entonces
se derrumbó sobre una silla.
—Chicos,
sin presiones.
—Necesitáis
el código de acceso de cuatro dígitos —les informó la Reina Roja.
Matt
reprimió la urgencia de gritar «¡No me digas!», y en vez de eso siguió probando
números aleatoriamente. Tal vez tendría suerte.
Sí,
suerte. Siempre hay una primera vez para todo, y tras treinta años de vida, ya
le tocaba tener un poco de suerte en algo.
—Puedo
daros el código, pero primero tenéis que hacer algo por mí.
Matt
dejó de introducir números y levantó la mirada. ¿El ordenador estaba
negociando?
—
¿Qué quieres? —Le preguntó Alice.
—Uno
de vuestro grupo está infectado. Pido su vida a cambio del código.
Matt
recordó que Rain anteriormente había definido a la Reina Roja como una «puta
homicida». En esos momentos la cosa ya no parecía tanto una hipérbole.
Alice
estaba pálida. Señaló al monitor, que seguía mostrando lo que quedaba del
cuerpo de Spence junto al maletín metálico que había robado de la sala en que
se encontraban.
—El
antídoto está ahí mismo, en la plataforma. ¡Está ahí mismo!
—Lo
siento, pero es un riesgo que no puedo asumir.
Antes
que Alice pudiera volver a gritarle, Rain habló.
—Tiene
razón.
Tiró
el hacha que sostenía hacia Alice, que la cogió con firmeza.
—Es
la única forma. Tenéis que matarme.
Matt
hizo un movimiento negativo con la cabeza. Primero Kaplan, ahora Rain. ¿Es que
Umbrella entrenaba a esos idiotas para que fueran suicidas?
—No
—dijo Alice con decisión.
—De
lo contrario todos moriremos aquí abajo.
No,
suicidas no, pragmáticos. Hasta el extremo.
Un
repentino ruido llamó la atención de Matt. Miró hacia arriba y vio que la cosa
que había matado a Spence se abalanzaba contra la ventana.
Matt
no tenía ni idea de qué estaba hecha la ventana. Era obvio que de algún tipo de
plastiglás, u otra sustancia extremadamente resistente, pero no lo suficiente.
El primer ataque del monstruo la había rajado ligeramente.
Era
sólo cuestión de tiempo que lograra atravesarla. —El plastiglás no resistirá
mucho.
Rain
se puso de rodillas y se inclinó hacia delante, como si fuera una
revolucionaria francesa que esperara a que el rey Luis tomara su cabeza. O tal
vez como un guerrero samurái a punto de cometer seppuku. —Hazlo —dijo.
Alice
parecía tan aterrada como Matt. —No lo hagas. Levántate.
—Hazlo.
—Rain,
por favor, levántate.
—No
os queda mucho tiempo para decidiros.
—Hazlo.
—Mátala.
—No.
—
¡Hazlo ya!
La
criatura golpeó la ventana.
—Mátala.
—
¡Hazlo!
—Rain.
—
¡Hazlo!
—Mátala.
—
¡No!
Alice
gritó, levantó el hacha... y destruyó el monitor de la Reina Roja.
Un
segundo después todas las luces se apagaron, y los pocos sistemas que aún
funcionaban se apagaron.
Las
luces de emergencia se encendieron un instante después.
—Es
toda un hacha la que tienes aquí —dijo Matt.
Alice
negó con la cabeza.
—El
hacha no ha hecho esto.
Sonó
un clic procedente de la puerta.
Matt
se giró y vio como la puerta se abría.
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