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Vida mía: Presta un beso perdido...

miércoles, 19 de junio de 2013

Capítulo 25:


Matt supuso que debía sentirse aliviado por descubrir que Alice no era la mala, que los instintos de Lisa no la habían fallado al confiar en ella, pero descubrir que era Spence el único responsable de toda esa pesadilla hacía que se le revolviera el estómago.

O mejor dicho, se le revolviera más todavía.

Alice se quitó la chaqueta. Matt recordó que era la chaqueta de Spence, que se la había dado fuera de ese mismo laboratorio para mantenerla caliente.

Se dirigió a la puerta y trató de tirar de la manilla, por si se abría. No funcionó.

—Tu novio es un auténtico cabronazo —murmuró Rain.

—Ha desconectado el mecanismo de apertura. —Matt dejó la puerta y se giró hacia las dos mujeres—. No puedo creer que ese hijo de la gran puta vaya a salir de aquí con eso.

—No lo creo.

Los tres se giraron a mirar el monitor que se acababa de iluminar con el logo de Umbrella. Un altavoz junto al monitor sonaba con la infantil voz de la Reina Roja.

—He sido una chica muy mala.

Matt observó cómo el monitor mostraba una imagen de Spence que corría por las escaleras hacia la estación de tren.

La imagen cambió a la de una cámara de seguridad situada justo en el tren, que seguía justo donde lo habían dejado varías vidas atrás, Spence llegó al tren, abrió la puerta exterior del mismo compartimento sobre el que J.D. lo había encontrado. Sacó el macuto, lo abrió, retiró un brillante maletín metálico con cuatro círculos en las esquinas y un panel de seguridad.

Tecleó un código en el panel, los cuatro círculos se giraron, y la parte superior del maletín se abrió.

Una sonrisa de alivio marcó la cara de Spence. Matt deseó poder sentir lo mismo que él. Esa era la maleta que Alice había planeado robar y entregar a Lisa, y que Lisa pretendía entregarle a él.

El Virus-T.

El medio con el que Matt, Aarón y el resto de ellos podrían haber desenmascarado, al fin, a Umbrella.

Matt hizo rechinar los dientes. ¡Tenía que salir de allí como fuera y conseguir el puto maletín!

Spence se ató una tira de tela alrededor del bíceps, se golpeó el brazo para encontrar la vena, y preparó la pistola hipodérmica para una inyección.

Sin embargo, antes de terminar, se detuvo y miró hacia arriba. Parecía que hubiera escuchado algo.

Entonces alguna... cosa cayó del techo y se comió a Spence vivo.

Matt tenía una vivida imaginación, alimentada por la lectura de demasiados cómics cuando era crío, por no mencionar los malignos y depravados actos que había visto mientras trabajaba como agente federal.

Pero aquello... eso estaba tan más allá de lo imaginable que bien podía estar en otro hemisferio. Era el más salvaje de sus sueños. No podía imaginar nada tan repugnante como aquello.

Fuera lo que fuese esa cosa, parecía un cruce entre un rinoceronte y un humano. La piel era coriácea y tenía placas, y le surgían cuernos de varios puntos. Tenía los pulgares opuestos como un humano, pero de sus dedos y pies surgían garras gigantescas.

Tenía una lengua tan larga como la de una serpiente, y más dientes que una piraña.         

Esos dientes masticaban a Spence en ese mismo instante.

Entonces se giró hacia la cámara.

Fuera lo que fuese esa cosa, no tenía ojos.

La determinación anterior de Matt de acabar con Umbrella no era más que una vela votiva comparada con el infierno que era en esos momentos. De ninguna manera permitiría que esa compañía siguiera existiendo.

Finalmente logró articular algunas palabras.

— ¿Qué... mierda... era eso?

—Uno de los primeros experimentos de la Colmena, producido al inyectar el Virus-T directamente en tejido vivo. Los resultados fueron inestables. Lo mantenían en éxtasis hasta que interrumpisteis el flujo de energía a su unidad de almacenamiento. Ahora se ha alimentado de A D N fresco, por lo que mutará, se volverá más fuerte, un cazador más rápido.

Mientras la Reina Roja hablaba, Matt observó cómo la carne sin ojos de la criatura, si es que podía llamarse carne, temblaba y se expandía. La cabeza se alteró y se volvió más angular. Las garras crecieron, y el torso se alargó.

—Magnífico —murmuró Rain.

—Si sabías que eso andaba suelto, ¿Por qué no nos avisaste? —Le preguntó Matt al ordenador.

Alice, sin embargo, fue la que respondió.

—Porque ella lo reservaba para nosotros, ¿No es cierto?

El ordenador habló de forma desapasionada.

—No creía que ninguno de vosotros llegaría tan lejos, no sin resultar afectado.

Rain giró su cabeza empapada en sudor y miró al monitor.

— ¿Por qué no nos hablaste del antídoto?

—Tanto tiempo después de la infección no hay garantía alguna de que funcione.

—Pero hay alguna posibilidad, ¿No?

—Yo no trabajo con posibilidades.

Matt miró por la habitación. Vio la otra puerta, la que tenía el panel numérico.

Qué demonios.

Se dirigió a la puerta y empezó a introducir números de forma aleatoria. En esos momentos no tenía nada que perder.

Rain se levantó, cogió el hacha antincendios, y observó la ventana.

—Jódete.

Entonces se derrumbó sobre una silla.

—Chicos, sin presiones.

—Necesitáis el código de acceso de cuatro dígitos —les informó la Reina Roja.

Matt reprimió la urgencia de gritar «¡No me digas!», y en vez de eso siguió probando números aleatoriamente. Tal vez tendría suerte.

Sí, suerte. Siempre hay una primera vez para todo, y tras treinta años de vida, ya le tocaba tener un poco de suerte en algo.

—Puedo daros el código, pero primero tenéis que hacer algo por mí.

Matt dejó de introducir números y levantó la mirada. ¿El ordenador estaba negociando?

— ¿Qué quieres? —Le preguntó Alice.

—Uno de vuestro grupo está infectado. Pido su vida a cambio del código.

Matt recordó que Rain anteriormente había definido a la Reina Roja como una «puta homicida». En esos momentos la cosa ya no parecía tanto una hipérbole.

Alice estaba pálida. Señaló al monitor, que seguía mostrando lo que quedaba del cuerpo de Spence junto al maletín metálico que había robado de la sala en que se encontraban.

—El antídoto está ahí mismo, en la plataforma. ¡Está ahí mismo!

—Lo siento, pero es un riesgo que no puedo asumir.

Antes que Alice pudiera volver a gritarle, Rain habló.

—Tiene razón.

Tiró el hacha que sostenía hacia Alice, que la cogió con firmeza.

—Es la única forma. Tenéis que matarme.

Matt hizo un movimiento negativo con la cabeza. Primero Kaplan, ahora Rain. ¿Es que Umbrella entrenaba a esos idiotas para que fueran suicidas?

—No —dijo Alice con decisión.

—De lo contrario todos moriremos aquí abajo.

No, suicidas no, pragmáticos. Hasta el extremo.

Un repentino ruido llamó la atención de Matt. Miró hacia arriba y vio que la cosa que había matado a Spence se abalanzaba contra la ventana.

Matt no tenía ni idea de qué estaba hecha la ventana. Era obvio que de algún tipo de plastiglás, u otra sustancia extremadamente resistente, pero no lo suficiente. El primer ataque del monstruo la había rajado ligeramente.

Era sólo cuestión de tiempo que lograra atravesarla. —El plastiglás no resistirá mucho.

Rain se puso de rodillas y se inclinó hacia delante, como si fuera una revolucionaria francesa que esperara a que el rey Luis tomara su cabeza. O tal vez como un guerrero samurái a punto de cometer seppuku. —Hazlo —dijo.

Alice parecía tan aterrada como Matt. —No lo hagas. Levántate.

—Hazlo.

—Rain, por favor, levántate.

—No os queda mucho tiempo para decidiros.

—Hazlo.

—Mátala.

—No.

— ¡Hazlo ya!

La criatura golpeó la ventana.

—Mátala.

— ¡Hazlo!

—Rain.

— ¡Hazlo!

—Mátala.

— ¡No!

Alice gritó, levantó el hacha... y destruyó el monitor de la Reina Roja.

Un segundo después todas las luces se apagaron, y los pocos sistemas que aún funcionaban se apagaron.

Las luces de emergencia se encendieron un instante después.

—Es toda un hacha la que tienes aquí —dijo Matt.

Alice negó con la cabeza.

—El hacha no ha hecho esto.

Sonó un clic procedente de la puerta.

Matt se giró y vio como la puerta se abría.

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